Moteldecarretera.Com TAREA PARA EL HOGAR Durante la clase de geografía el profesor había logrado interesar a todos sobre la relación de ciertas características geográficas y las actitudes de sus habitantes. Planteaba el tema en forma de preguntas y buscaba respuestas en las experiencias de los alumnos. Así, definía caracteres abiertos, reconcentrados, alegres, nostálgicos, explosivos, reprimidos y los refería a ciertos rasgos del paisaje en que se desenvolvían. Paralelamente, introducía conceptos e información de la materia que los chicos incorporaban casi sin darse cuenta. Y sin resistencia. El sonido del timbre vino a interrumpir una clase que había logrado una participación pocas veces vista. El profesor pidió que para la próxima buscaran, quizás por grupos, ejemplos de distintos caracteres que podrían reproducirse en comarcas lejanas, aunque de características geográficas similares. Y ofreció una bibliografía bastante extensa como para que pudieran investigar. En un creciente rumor de charlas, se despidió y se dirigió a la sala de profesores. Durante el recreo, contra todas las costumbres, el espíritu de la clase se mantuvo. Se fueron formando grupos, proponiendo en cada uno las características que preferian buscar y repartiendo tareas para soportar las hipótesis. Pedro, José y Tomás concordaron en encontrarse por la tarde en casa de Pedro, que disponía de una amplia biblioteca donde podrían iniciar la búsqueda. A las tres de la tarde la temperatura alcanzaba los niveles de pleno verano. Pedro, en cómodos pantaloncitos de tennis, esperaba a sus amigos revisando algunas fichas de la biblioteca, entusiasmado por la perspectiva de realizar un trabajo espectacular. Sonó el timbre y fue a abrir para encontrarse con una vecina: - Buenas tardes, Pedro, ¿está tu madre? - No, señora, fue al centro. Pero si necesita algo, diga nomás. - Te agradezco. ¿Sabés cuando volverá? - Ni idea. Sé que salió temprano, pero ignoro dónde iba. - Gracias. Hasta luego, Pedro. Detrás de la señora, aparecieron Tomás y José saludando alegremente. - Parece que van a estudiar, . . . -dijo la señora al retirarse. Sin responder, los tres entraron ruidosamente a la casa y fueron directamente al salón donde se encontraba la bibioteca. Rápidamente comenzaron a discutir cómo organizar el trabajo, preparando una lista de la bibliografía disponible y distribuyendo las lecturas entre los tres. Enfrascados en el trabajo, no percibieron el paso del tiempo hasta que un timbrazo los volvió a la realidad. Pedro fue a abrir y se encontró nuevamente con la vecina: - Disculpáme si te molesto, pero ¿volvió tu mamá? - No, señora. Tampoco llamó. - se anticipó Pedro - ¿Quiere que le diga algo cuando llegue? - No, gracias. En todo caso, ¿sabés donde tiene las revistas de pintura que estuvimos consultando la semana pasada? - Específicamente ésas no. Pero tengo una idea bastante aproximada sobre dónde archiva las publicaciones de arte. Si me acompaña, puedo ayudarle a buscarlas. Se dirigieron a la biblioteca donde Tomás y José estaban tirados, con los torsos desnudos, en medio de libros, revistas y cuadernos en los que tomaban apuntes. Se incorporaron a medias al ver entrar a Pedro con la señora. Es hora de ir describiendo los protagonistas de esta historia: Pedro, el dueño de casa, es un adolescente desgarbado, alto, de 17 años, de carácter más bien tímido; José, el mayor de los tres amigos, acaba de cumplir sus 18 años y es más vale retacón, morocho, aindiado, con una ancha y luminosa sonrisa; Tomás es un muchachón atlético, simpático y conversador; la vecina, Delia, es una mujer de alrededor de 45 años, vestida con un pantalón blanco ajustado y una blusa ligera que resaltaban el tostado de su piel, más vale delgada y agradable que, tal como la definió Tomás después de su visita, "cuando viene es atractiva, pero cuando se va, ¡es una bomba!" - Muchachos, me disculpan un momento. Les presento a mi vecina, que necesita unas revistas. Sigan mientras las busco. - Buenas tardes. No se molesten. Pedro fue hacia unos estantes situados detrás del escritorio y se agachó para ir sacando las cajas de revistas. Junto a él, Delia, en cuclillas, recorría los lomos de las cajas, buscando la que contenía los números que le interesaban. Se sintió un leve silbido. Se le había escapado a José que, tirado en el suelo, admiraba las caderas redondeadas de la vecina. Mirándolo de soslayo, ella se dio cuenta del origen del silbido y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro. Al ver su gesto, Pedro (que se había sentido avergonzado del silbido) se distendió y, apoyando su mano en el hombro de ella, hizo un gesto como pidiendo perdón. La sonrisa de ella se amplió y, rozando con su busto el brazo de Pedro, le indicó una caja. La respiración de Pedro se agitó y llevó su mano hacia el muslo de ella, indeciso, sin llegar a apoyarla, mientras que José hacía señas desesperadas a Tomás para compartir su ángulo de visión. Este entendió y, levantándose de la silla en que estaba desparramado, fue a acostarse al lado de José. - Esa caja, ¿no es de las revistas de los museos? - preguntó Delia reclinándose más sobre Pedro, que sintió el calor de su cuerpo sobre la mano que había quedado suspendida por encima del muslo de ella. - Es posible - inclinándose para leer la etiqueta y rozando su cabeza con la de ella. Delia, como al pasar, acarició la mejilla de Pedro, quien sintió un escalofrío y apoyó su mano en el muslo de "la señora", sin atreverse a explorar otros rincones más interesantes. La caricia que recibió en respuesta derribó sus temores, pero no encontraba la forma de continuar. Se sentía como un niño desvalido frente a las acechanzas de un mundo desconocido. En manos de lo que Delia quisiera hacer. Mientras Tomás miraba sorprendido el cuadro de los "buscadores de revistas", José, caminando en cuatro patas, percibiendo las caricias y deseoso de participar, se dirigió hacia ellos o, más específicamente, hacia Delia. Recorrió, muy lento y presionando suavemente, con un dedo la espalda de Delia, desde el cuello hasta la cintura, sin que pareciera afectada por la caricia inesperada. Se animó más aún y, apoyando la palma de su mano, comenzó a recorrer el costado subiendo hacia la axila y desplazándola hacia el busto, percibió un estremecimiento que lo alentaba. Pero Delia se volvió hacia Pedro, apoyando sus labios entreabiertos sobre su boca y explorando con su lengua los de él. José, sintiéndose aceptado, acarició la teta por sobre la blusa encontrando, sorprendido, que debajo no llevaba corpiño. Fue desprendiendo uno a uno los botones para pellizcar ligeramente los pezones. La posición inestable de Pedro finalmente se derrumbó con Delia encima, besándolo apasionadamente. Tomás miraba con los ojos desencajados, sin decidir qué camino tomar. Se dio cuenta que José la tomaba por los hombros y la incorporaba, poniéndola de rodillas, para sacarle la blusa. Y ella dejaba hacer. Ante Tomás aparecieron dos tetas enhiestas, con pezones erguidos y, alrededor y sobre ellas, las manos de José que acariciaban y bajaban al cierre del pantalón, lo abrían y se hundían más allá. Las manos de Delia tomaron el pantaloncito de Pedro como indicando que estaba fuera de lugar y éste se movió para sacarlo, dejando al descubierto un mástil de regulares proporciones. José se paró completamente, se desnudó rápidamente y la tomó nuevamente por los hombros para ponerla de pie. Ella cedió sin resistencia y lo ayudó sacándose el pantalón y la tanga. El instrumento de él se apoyaba profundamente en el surco del culo de Delia, que fue dejándose caer para inclinarse finalmente sobre Pedro para besar y lamer la cabeza de su instrumento. José se puso de rodillas detrás de Delia y comenzó a acariciarla lentamente, introduciendo sus dedos en el sexo y el ano, sintiendo la humedad que invadía su vagina y que sus caricias repartían trazando un camino de delicias. - ¡Qué apurado! - exclamó Delia, al recibir en su boca el primer chorro caliente de Pedro. Pero no dejó de chupar con fruición de esa fuente, que parecía inagotable. José colocó la punta de su miembro sobre el ano de Delia, como pidiendo permiso para introducirse por allí y al no sentirse rechazado, empujó sin más preámbulos, provocando un profundo gemido (¿de placer? ¿de dolor? ¡Quién sabe!). Las caderas se mecían acompañando los empujones de José para penetrar más profundamente, mientras ella, dejando de lado el instrumento caído de Pedro, miraba a Tomás como invitándolo a participar. Este entendió el gesto imperceptible y, desnudándose de prisa, se acercó y arrodilló frente a ella, el tronco apuntando a su boca, que se abrió para dejar entrever una lengua inquieta. Brusco, Tomás adelantó el cuerpo introduciendo su miembro hasta la garganta, ayudado quizás por los empellones que José daba por atrás, cada vez más rápido. Delia se removía convulsamente mientras sorbía el instrumento de Tomás. En el apoteosis, su orgasmo explotó mientras se sentía inundada por detrás y en la boca por el semen de los dos potrillos. José se tiró boca arriba en el piso, tratando de regularizar la respiración y admirando la figura de Delia que, poniéndose de cuclillas, paseaba una mirada contemplativa de Pedro a Tomás y de Tomás a Pedro. Reptando por el suelo, José se acercó a esas caderas que lo enloquecían y volvió a acaricar el culo redondo y terso de Delia. Ella dejaba hacer, disfrutando la caricia cálida del muchacho. Giró para mirarlo y lo vió dispuesto a repetir la acción. Una sonrisa iluminó su rostro y, poniéndose por encima de su cuerpo, se fue dejando caer sobre el palo húmedo de José, mientras acariciaba el rostro aindiado que expresaba mucho mejor que con palabras la honda satisfacción que experimentaba. Los movimientos de Delia se fueron acelerando entre gemidos y exclamaciones de gozo, mientras las manos de José recorrían las tetas y pellizcaban los pezones. Pedro y Tomás no podían despegar la vista de esos cuerpos que se arqueaban y retorcían, transpirados, pero irradiando un goce irrefrenable. En un momento, Delia se derrumbó sobre José, agotada y desparramando la leche que fluía de su vagina sobre la pelvis agitada. Recuperando el aliento, Delia se incorporó, recogió sus prendas y comenzó a vestirse lentamente, sabiéndose mirada y admirada por los tres. Finalmente, agitando la mano en signo de despedida, se dirigió a la puerta.